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De
MIRADA RETROSPECTIVA. COMPENDIO DE ALGUNOS RECUERDOS DE MI VIDA.
Edición original al cuidado de Ernst Pfeiffer, trad. A. Venegas, Madrid,
Alianza Editorial, 1980
En Roma, por lo pronto, ocurrió algo que sopló a
favor nuestro: fue la llegada de Friedrich Nietzsche a nuestro circulo,
puesto al corriente por carta por sus amigos Malwida y
Paul Rée, y que inesperadamente vino desde Mesina a compartir nuestra
compañía. Pero sucedió algo aún más inesperado: y es que apenas supo del
plan de Paul Rée y mío, Nietzsche se convirtió en el tercero en el
pacto. Incluso quedó fijado el lugar de nuestra futura trinidad: iba a
ser París (originalmente Viena), donde tanto Paul Rée como yo, él desde
antes y yo por St. Petersburgo, estábamos relacionados con Iván
Turgueniev. Esto tranquilizo un poco a Malwida, porque allí nos veía
protegidos por sus hijas adoptivas Olga Monod y Natalie Herzen; la
segunda mantenía además una pequeña tertulia, donde leía cosa bellas
rodeada de muchachas jóvenes. Pero lo que más le habría gustado a
Malwida habría sido que la señora Rée hubiese acompañado a su hijo y la
señorita Nietzsche a su hermano.
Nuestras bromas eran alegres e inofensivas, ya que
todos queríamos mucho a Malwida, y Nietzsche estaba a menudo en un
estado tal de agitación que pasaba a segundo término su manera de ser
más comedida, o dicho más exactamente, algo solemne. Esta solemnidad la
recuerdo ya desde nuestro primer encuentro, que tuvo lugar en la Iglesia
de San Pedro, donde Paul Rée se entregaba a sus notas de trabajo con
ardor y devoción, en un confesionario orientado de manera especialmente
favorable hacia la luz, y en donde por eso había citado a Nietzsche. Su
primer saludo al mío fueron las palabras: " ¿Desde qué estrella hemos
venido a caer aquí, uno frente a otro?". Lo que tan bien comenzara
sufrió sin embargo posteriormente un giro diferente que nos hizo pasar, a
Paul Rée y a mí, nuevas preocupaciones por nuestro
plan, en la medida en que éste se vio incalculablemente complicado por
un tercero. Por cierto que Nietzsche lo veía más bien como una
simplificación de la situación: hizo que Rée hiciese valer ante mí sus
buenos oficios para una proposición de matrimonio. Profundamente
preocupados, nos pusimos a pensar cuál sería la mejor manera de
solucionarlo sin poner en peligro nuestra trinidad. Se acordó explicarle
claramente a Nietzsche, antes que nada, mi fundamental aversión hacia
el matrimonio en general, pero además también la circunstancia de que yo
viví sólo de la pensión de viuda de general, y que la casarme perdería
mi propia pequeña pensión, que le estaba concedida a las hijas únicas de
la nobleza rusa.
Cuando salimos de Roma, el asunto parecía
liquidado; además en los últimos tiempos Nietzsche venía sufriendo con
mayor frecuencia de sus "ataques" -la enfermedad que le había obligado
en su día, a abandonar la cátedra de Basilea, y que se manifestaba como
una jaqueca terriblemente fuerte-; por tal motivo, Paul Rée se quedó con
él todavía un tiempo en Roma, mientras que mi madre -según creo
recordar- tuvo por más conveniente partir conmigo primero, de manera que
sólo durante el viaje volvimos a reunirnos todos. Luego juntos, hicimos
estación por el camino, por ejemplo en Orta, en los lagos del norte de
Italia, donde el Monte Sacro, situado en las cercanías, parece que nos
cautivo; al menos hubo un mal humor de mi madre ajeno a nuestras
intenciones, al habernos demorado Nietzsche y yo, más de la cuenta en el
Monte Sacro y no haber regresado puntuales a recogerla, cosa que
también anotó con bastante enojo Paul Rée, quien le había hecho
compañía. Luego que abandonamos Italia, Nietzsche hizo una escapada a
casa de los Overbeck, en Basilea, pero desde allí
volvió a reunirse con nosotros en Lucerna, porque los buenos oficios
romanos de Paul Rée en su favor le parecían insuficientes y quería
conversar el asunto personalmente conmigo, cosa que ocurrió en el
Löwengarter de Lucerna. Al mismo tiempo, Nietzsche se empeño en hacer la fotografía de
nosotros tres, a pesar de las violentas protestas de Paul Rée, que
conservó toda su vida un terror enfermizo a la reproducción de su
rostro. Nietzsche en plena euforia, no sólo insistió en hacerla, sino
que se ocupó, personalmente y con celo, de la preparación de los
detalles -como la pequeña carreta (¡que resultó demasiado pequeña!), o
incluso en la cursilería del ramo de lilas en la fusta, etcétera.
[...]
Desde Bayreuth quedó planeada una
convivencia de varias semanas entre Nietzsche y yo en Turingia
-Tautenburg bei Dornburg-, donde vine por casualidad a vivir en una casa
cuyo huésped, el predicador del lugar resultó ser un antiguo discípulo
de mi principal profesor en Zurich, Alois Biederman. Parece que al
comienzo hubo algunas disputas entre Nietzsche y yo, con motivo de toda
clase de habladurías, que hasta el día de hoy me siguen resultando
incomprensibles porque no se compadecían con ninguna especie de
realidad, y de las cuales también pronto nos deshicimos para gozar
abundantemente de la compañía mutua, dejando en lo posible de lado a
molestos terceros. Aquí tuve ocasión de adentrarme en el circulo de los
pensamientos de Nietzsche mucho más profundamente de lo que me había
sido posible en Roma o durante el camino: yo no conocía todavía nada de
sus obras, aparte de la Gaya Ciencia, que aún
tenía en su último estadio de elaboración y de la cual ya nos había
leído en Roma: en las conversaciones de esta especie Nietzsche y Rée se
arrebataban las palabras de la boca, hacía tiempo que pertenecían a la
misma tendencia espiritual, o en todo caso desde que Nietzsche se había
distanciado de Wagner. La predilección por el modo de trabajo aforístico
-a la que Nietzsche se veía obligado por su enfermedad y su forma de
vida- le había sido propia desde un comienzo a Paul Rée; siempre andaba
con un Larochefoucauld o un La Bruyère en el bolsillo, de la misma
manera como, desde su primera obra, Sobre la vanidad,
permaneció siempre del mismo espíritu. Pero en Nietzsche era posible
sentir ya lo que había de llevarlo más allá de sus colecciones de
aforismos y hacia el Zaratustra: el profundo movimiento de Nietzsche el buscador de Dios, que venía de la religión e iba hacia la profecía de la religión.
En una de mis cartas a Paul Rée desde Tautenburg la
del 18 de agosto, ya puede leerse: "Muy al comienzo de mi relación con
Nietzsche le escribí a Maldiwa que éste era una naturaleza religiosa,
despertando con ello la más fuerte resistencia de su parte. Hoy
quisiera subrayar doblemente esta expresión" "Veremos el día en que se
presente como heraldo de una nueva religión, y será entonces una
religión que reclute héroes como discípulos. Cuán igual pensamos y
sentimos al respeto, y cómo nos quitábamos cabalmente las palabras y los
pensamientos de la boca. Literalmente nos matamos hablando estas tres
semanas, y lo notable es que, de pronto, él soporta ahora charlar cerca
de diez horas al día." "Es extraño que con nuestras conversaciones
vayamos a dar involuntariamente a los abismos, a aquellos lugares de
vértigo a los que alguna vez uno ha llegado trepando solo, para asomarse
a las profundidades. Constantemente hemos escogido los senderos de las
gamuzas, y si alguien nos hubiese escuchado habría creído que eran dos
diablos conversando."
No podía ser de otra manera, que en el modo de ser
de Nietzsche y en lo que decía me fascinara justo aquello que entre él y
Paul Rée menos ocasión tenía de acceder a la palabra. Ya que en ello
vibraban recuerdos o sentimientos a medias ignorados provenientes de mi
niñez, infantilísima, y sin embargo personalísima e indestructible. Sólo
que, al mismo tiempo, era precisamente esto lo que no me habría permitido nunca convertirme en su discípula, en su seguidora: caminar en la
dirección de la que había tenido que desprenderme para encontrar la
claridad, me habría hecho desconfiar en todo momento. Lo fascínate y, al
mismo tiempo, un íntima repulsa, eran una y la misma cosa.
Luego de que hube regresado a Stibbe por el otoño,
volvimos una vez más a reunirnos con Nietzsche en Leipzig en octubre,
por tres semanas. Ninguno de nosotros presentía que sería la última vez.
Y sin embargo ya no era como al comienzo, aunque seguían firmes
nuestros deseos de un futuro común para los tres. Si he de preguntarme
qué es lo que, antes que nada, comenzó a afectar mi disposición interior
para con Nietzsche, diré que fue la acumulación creciente, por parte
suya, de insinuaciones destinadas a perjudicar a Paul Rée ante mis ojos
-y el asombro, también, de que pudiese tener este método por efectivo.
Sólo después de nuestra despedida en Leipzig se
desataron igualmente los ataques contra mi persona, reproches cargados
de odio de los cuales yo sólo llegué a conocer una carta precursora. Lo
que depués siguió parecía contradecir de tal manera la esencia y la
dignidad de Nietzsche, que sólo puede ser adscrito a la influencia
ajena. Así por ejemplo, cuando nos hacía a Rée y a mi objeto de
sospechas cuya falta de fundamento él conocía mejor que nadie. Pero
parece ser que lo más odioso de este período me fue simplemente
disimulado por los cuidados de Paul Rée -cosa que no supe sino muchos
años más tarde; incluso parece que hubo cartas de Nietzsche a mí persona
que no me llegaron jamás, ahorrandome improperios que me habrían
resultado incomprensibles. Y no sólo esto: Paul Rée me ocultó también el
hecho de hasta qué punto las calunmias que circulaban habían
soliviantado contra mí también a su familia, hasta el extremo de que
ésta me odiaba, en lo cual, es verdad, tenía especialmente que ver la
disposición enfermizamente celosa de la madre, cuyo deseo era retener al hijo para sí sola.
El propio Nietzsche, mucho más tarde, parece haber
mostrado también su disgusto por los rumores que habia puesto en
circulación; ya que por intermedio de Heirich von Stein, que era amigo
nuestro, nos enteramos del siguiente episodio de Sils-Maria, donde éste
visitó una vez a Nietzsche (no sin antes pedirnos conformidad). Abogó
ante él por la posibilidad de terminar con los malentendidos que habían
surgido entre nosotros tres; pero Nietzsche respondió, sacudiendo la
cabeza: "Lo que yo hice no puede perdonarse."
Posteriormente yo misma seguí conmigo el método de
Paul Rée: mantenerme alejada de todo el asunto, no leer nada más al
respecto y no ocuparme ni de los ataques de la casa Nietzsche ni, en
general, de la literatura sobre Nietzsche después de su muerte. Mi libro
Friedrich Nietzsche en sus obras lo escribí todavía completamente sin
prevención, motivada tan sólo por el hecho de que con su acceso a la
fama, se habian apoderado de él demasiados adolescentes literatos que no
lo entendían; a mí misma la imagen espiritual de Nietzsche se me había
revelado en sus obras, pero sólo después de nuestro trato personal; mi intención no fue otra sino comprender la figura de Nietzsche a partir de estas impresiones objetivas. Y tal como se me reveló su imagen en la pura fiesta retrospectiva de lo personal, tenía que seguir ante mis ojos.
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